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    12/16/2007

    La máquina del tiempo (2)

     

                El cuatro de Marzo de 1641 se oficia la primera misa en el convento de los Agustinos en Garachico. Este edificio quedaría destruido por un incendio el 18 de marzo de 1697, siendo posteriormente reedificado.

     

                La hucha hizo un sonido sordo al caer contra la moqueta del salón de la casa. Al finalizar el recuento de su contenido tenía exactamente unas tres mil quinientas veintidós de las antiguas pesetas, bastante para sus planes.

     

                El cuatro de Marzo de 1991, Alicia se puso sus zapatos nuevos, las medias gastadas de la suerte, la minifalda azul que tanto le gustaba, la única camisa blanca que le quedaba limpia y su colgante bañado en oro de 18 quilates. Se acercó a la peluquería de Doña Rosa y depositó la bolsita con el dinero en las agrietadas manos de la dulce mujer. Haga lo que pueda con este desastroso pelo, le espetó altanera. A la señora debió caerle bien la muchachita porque puso todo su empeño, y, como recompensa, le dejó el pelo más bonito de lo que hubiera soñado jamás la pequeña Alicia.

     

                Después de siete minutos embobada delante del espejo, reaccionó. Muchas gracias Doña Rosa, que la suerte la acompañe. Y salió despacio con su nuevo y no ensayado contoneo de cintura. Anduvo calle abajo durante cuarenta y una manzanas saludando a todo ser humano viviente, acariciando a los gatos negros que le salían por su izquierda y alzando demasiado la barbilla cuando pasaba cerca de los chicos de su edad o cuando cruzaba por donde los obreros gritaban ininteligibles palabras de apoyo a su hermoso cuerpo.

     

                Cogió la guagua y a pesar de los 16 asientos libres escogió quedarse de pié en el centro de la misma, con la pretenciosa intención de que los ojos que hubieran disponibles la vieran al entrar o al salir del automóvil.

     

                Cuando le tocó, se apeó. Pasó por el primer estanco y compró un mechero de gas y una bolsa de chucherías para pasar el rato. Buscó un sitio cómodo en el parque y se estableció como una reina dispuesta a esperar al menos, tres horas más.

     

                Por suerte nadie la increpó en su esperar y el tiempo pasó lento pero tranquilo. Al obscurecer se levantó de un brinco, corrió por las calles en silencio para que si alguien la veía pensara que había sido parte de un sueño. Llegó al lugar convenido por ella misma como el mejor escondite para su tesoro. Sacó las dos pesadas garrafas y fue tambaleándose hasta el edificio más iluminado del pueblo. Las abrió y vació el contenido alrededor empapando lo más posible aquellas partes de madera. Luego se quedó mirando a un lado y a otro por si algunas miradas curiosas habían sentido ruido. Nada. Podía continuar.

     

                Se retiró unos metros y cogió impulso para lanzar una garrafa abierta con la mitad del contenido por una ventana. Se fue al otro lado para lanzar la otra garrafa con un tercio de su contenido también abierta. Sintió puertas dentro del edificio. Ahora o nunca, gritó. Encendió el mechero y lo acercó a la gasolina impregnada en la puerta de la iglesia.

     

                Los funerales en honor al cura de la parroquia se oficiaron dos días después a las cinco de la tarde. Murió de un paro cardíaco.

     

                Las quemaduras producidas en el cuerpo de Alicia fueron irreversibles.

     

                A quién la escuchó contó que no sabía que locura se había apoderado de ella aquella dramática noche.

     

                A quién ella decidió, Alicia confesó que en esa iglesia se habían casado sus padres. “Si no se hubieran casado tal vez yo no habría nacido y entonces mi padre no me hubiera pegado ni… ni me hubiera violado”.