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    10/11/2008

    Alegría

     

     

    Y como si de una luz se tratara

    entró la alegría en mi vida

    y no tenía,

    como cabría esperar,

    una forma indefinida, al contrario,

    tenía voz y cuerpo,

    alma y corazón,

    penas y glorias

    y cierto era y espero

    que sea

    que por las mañanas ponía malas caras

    y hasta morros de enfado

    pero se le pasaba con un buen trozo de queso

    y media hora en el baño  le bastaba

    para ser más luz que el día anterior.

     

    Colmé de dichas a mi alegría

    mostrándole mi más íntimo recodo

    y mi más deplorable aptitud

    le enseñé mi mundo como sólo yo

    soy capaz de verlo

    teñí de nuevos colores mi vida

    y los adapté a ella,

    la protegí,

    como protegen los que quieren

    algo más,

    mucho más

    que a su propia vida.

     

    Por la noche me sorprendía

    escuchando su respiración

    y fue para mí

    un descubrimiento tan importante

    que lo convertí en mi banda sonora

    y así

    el ruido de los coches, las voces

    de las personas que no quería escuchar,

    el murmullo del mar, el sonido

    del viento y

    en general

    cualquier elemento sonoro

    se transformó como arte de magia

    en la dulce

    lenta

    y agradable respiración

    de mi alegría.

     

    Pero como siempre

    lo bueno dura poco

    no porque perdure un tiempo limitado

    ni porque nos lo arranquen

    de las manos

    la verdad es que lo bueno dura poco

    porque no queremos que acabe

    y cuando acaba somos tan torpes

    que sólo recordamos el principio

    y lloramos el final.

     

    Mi alegría se fue una tarde de otoño

    tal y como llegó

    silenciosa y cautivadora

    fugaz

    se fue con las maletas llenas

    de ilusiones, de esperanzas,

    de futuros imperfectamente bellos

    y me dejó los muebles vacíos

    y los zapatos mojados.

     

    Mi mundo cambió de color

    y el arco iris pasó a ser

    solamente un vago recuerdo

     y el despertar se convirtió en tormento

    así como la noche se transformó

    en lamento,

    las palomas ya no volaban

    sino que se arrastraban entre

    sucias nubes blancas

    y la lluvia ya no servía de excusa

    para acurrucarme lo más cerca posible

    de mi alegría.

     

    Con los ojos nublados por mi amargura

    salí volando de mi isla

    "a conocer mundo" me dije

    "para huir" pensé

    y con caminar cansino

    esperé a que el avión

    me señalara mi destino.

     

    Europa me pareció europea

    y América americana

    pero ni la tierra vieja

    ni la tierra nueva

    arrimaron mi amargura,

    en China no encontré amigos

    y en Japón vi a mis peores enemigos:

    un pasado perdido

    y un futuro escondido.

     

    Irak me pareció americana

    y el Líbano me olió a Europa

    y en Perú, Paraguay y Bolivia

    a pesar de hablar el mismo idioma

    no entendí ni una palabra

    En Argentina,

    donde un asesino dejó su huella,

    no encontré cariño

    y si mucho odio.

     

    Australia me pareció desierta

    y la India demasiado llena

    el vodka ruso

    no ahogó mis penas

    y el calor de Marruecos

    las avivó.

    En  Canadá nadie sonreía

    y en el Nepal encontré

    a melancolía.

     

    Nadé en el pacífico

    sin oler a sal

    conviví en el Congo

    pensando que estaba en Nigeria

    recorrí el mundo

    de cabo a rabo

    sin descanso

    sin rumbo fijo o escala señalada

    sin disfrutar de sus maravillas

    hasta que paré,

    exhausto, destrozado,

    gritando “alegría,

    alegría, ¿donde estas?

    vuelve a mí y seré

    lo que quieras que sea

    soportaré

    lo que sea

    y me hundiré en ti

    hasta el fin de mis días”.

     

    Las palabras volaron al viento

    como pájaros de fuego

    y regresaron sombrías

    como duchas de agua fría

    helaron mi alma

    y

    por fin

    me rendí a la evidencia

    y perdí

    toda esperanza

    de encontrar de nuevo mi alegría.

     

    Regresé a casa

    a los muebles vacíos

    a los zapatos mojados

    a la triste existencia de estar sin ella

    y ya no me quedó más

    que vivir sin alegría

    y morir en agonía.

     

    El tiempo entonces cogió carrerilla

    las horas pasaban raudas

    como para no perder un tren puntual

    o una guagua que no frena

    y demostró ser mas cruel que un tornado

    que un tifón, que un ser

    humano.

    No tuvo piedad de mí

    no se detuvo a dejarme llorar

    no se inclinó a auxiliarme

    no, el tiempo sólo hizo

    lo que mejor sabe hacer:

    pasar de largo.

     

    Mis manos se arrugaron sin necesidad

    de frío, mis vista perdió color,

    y mis oídos ya no distinguían

    un te quiero de un te odio

    y que decir de mis huesos

    que crepitaban cada mañana

    con la música del dolor.

    Sí,

    como si de un sueño se tratara mi

    vida pasó de largo

    y ahora, me siento en un banco

    de madera, de metal,

    de plástico

    a ver pasar los días

    con más pena que gloria

    sin la más mínima

    alegría.